Los amigos de Eddie Coyle / George V. Higgins

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[Libros del Asteroide]

¿Alguno de vosotros había oído hablar de George V. Higgins antes de que Libros del Asteroide sacase esta reedición? ¿No? ¿Quizá escuchaste alguna vez el título de su ‘archivitoreada’ obra, Los amigos de Eddie Coyle? ¿Tampoco? Pues yo menos aún. Años y años leyendo novelas policíacas y resulta que una de las obras maestras del género ‘noir’ del pasado siglo se escapaba por completo de mi galería de imprescindibles. Por supuesto, el desconocimiento tiene una explicación lógica: Higgins publicó su novela en 1970 en los EEUU y, aunque llegó a España muy pocos años después coincidiendo con el estreno de su adaptación cinematográfica (El confidente de Peter Yates, 1973), no se había vuelto a reeditar hasta ahora. Para más despiste, además de los casi cuarenta años transcurridos desde entonces, hay que añadir que a algún iluminado se le ocurrió en su día que el título original no era el adecuado para nosotros y decidió cambiarlo por El Chivato —algo muy español, ¿no os parece?—. En fin, lo cierto es que el libro ni siquiera me sonaba un poco cuando un excelente librero, buen conocedor de mis gustos literarios, me lo recomendó con esa comedida pasión con la que siempre aconseja mis adquisiciones cuando paso a visitarlo. “Es una pasada. Te atraparán sus diálogos, ya lo verás”, me dijo. Y como un buen profesional del gremio jamás patina en sus pronósticos, pues eso, el librero no se equivocó. Los amigos de Eddie Coyle —el título en sí ya encierra una gran ironía— es una de esas ficciones con las que es imposible no disfrutar de lo lindo si te consideras un adicto a la novela negra.

Antes incluso de comenzar a leerla ya me sorprendió el elogioso prólogo que incluye la reedición, escrito por el gran maestro del género, Dennis Lehane, autor de obras tan excepcionales como Mystic River, Shutter Island o Cualquier otro día. Lehane comienza su introducción de la siguiente manera: “Tienes en tus manos la novela negra que cambió las reglas del juego de los últimos cincuenta años. Posiblemente sea también una de las cuatro o cinco mejores novelas negras jamás escritas”. Quizá Lehane exagere un poco con esta última afirmación, aunque no cabe duda de que Higgins sí contribuyó y mucho a modificar los cánones establecidos hasta entonces.

Higgins era abogado y participó durante más de siete años en la lucha contra el crimen organizado de Boston, ostentando el cargo de ayudante del fiscal. Esto, sin duda, le dio una visión privilegiada de los entresijos más mezquinos del mundo criminal y de los bajos fondos de la época, lo cual, no solo le ofreció un buen caldo de cultivo para la que fuera su primera novela, sino que también le capacitó para reflejar esa hiperrealista escala de grises con la que impregna a todos sus personajes. No hay blanco ni negro para Higgins, ni buenos ni malos, ni ganadores ni perdedores, todos circulan por la vida a su aire; delincuentes de mayor o menor calibre que sobreviven como pueden día tras día, sin meterse los unos con los otros salvo que no haya más remedio que hacerlo. Los amigos de Eddie “Dedos” —apodo del protagonista— no son en realidad sus amigos, simplemente son tipos que coinciden con él en un bar o en algún que otro mercadeo turbio: un traficante de armas llamado Jackie Brown (¿os suena de algo este nombre?), dos atracadores de bancos, Scalisi y Valantropo, y Dillon, un barman enigmático y palabrero que esconde además otra ocupación oculta. Todos ellos se ocupan de sus propios asuntos mientras Dave Foley, un agente federal que simplemente hace su trabajo, presiona al protagonista para que haga de soplón y delate a alguno de sus ‘amigos’. Foley tiene bien cogido por las pelotas a Eddie, ya que la suerte hizo que la pasma le trincase cuando participaba en  un trapicheo de contrabando y, por lo tanto, debe jugar bien sus cartas si no quiere acabar en el trullo. En resumen, Higgins crea una trama sórdida y absorbente básicamente hilvanada por medio de los magistrales diálogos que mantienen los personajes.

Leyendo a Higgins es inevitable acordarnos de otros autores que también contribuyeron a romper con la típica novela detectivesca de Hammett o Chandler y que nos presentaron sus historias desde un punto de vista mucho más realista y desgarrador. El criminal se convierte en el protagonista y lo más curioso es que el lector lo agradece. Esos tipos duros, moralmente siempre correctos y que son capaces de morrearse a la chica simplemente con soltar tres o cuatro frases de película, dan paso a otros personajes muy distintos. El ex convicto no rehabilitado de Edward Bunker o el sheriff corrupto y psicópata de Jim Thompson son buenas muestras de ello. En fin, la buena novela negra se reinventa con el tiempo y, por lo menos a mí, me apasiona en todas sus vertientes, sea de la época que sea.

 

Toni Soler, viernes 30 de marzo de 2012

Twitter: @tonelo1000

 

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